
El viaje en radio taxi había sido fatal. Cuando le informé al conductor que era de vital importancia que recorriera en veinticuatro minutos lo que cualquiera con decencia hubiera hecho en treinta y nueve -e incluso hay quienes se llevan de cuarenta y tres a cincuenta y dos- no tomé en cuenta que, con la terrible cruda que me habían producido dos y medio sixs de cerveza más doscientos sesenta y cinco mililitros de ron cubano de a sesenta y cinco pesos -nunca combinados en una proporción equitativa de refresco de cola-, el resultado más probable sería el de llegar a la terminal de autobuses justo en tiempo, con insoportable malestar estomacal y la vista borrosa, a vaciar, de la manera menos estética y en el recipiente más cercano, una mezcla formada por dos cuartos de alcohol, uno de carnitas (entre solidas y líquidas) con otro tanto de jugos gástricos, acción que me obligaría a gastar de cinco a siete minutos de los quince que me había ahorrado el fatídico viaje.
Aún con dichos inconvenientes, los minutos, con segundos sumados, resultaron justos para alcanzar -con paso apurado- la taquilla, un justo segundo después de ella, para adquirir el último boleto de cuarenta y nueve pesos o veinticinco con descuento de estudiante. Tal lugar me ubicaría convenientemente a su lado durante los ochenta y nueve kilómetros que se recorren de la estación del sur de la capital a la única que existe en Tepoztlan. Sería necesario explicar que la conveniencia de tal circunstancia la había apreciado hacía no más de sesenta y dos segundos (sin milésimos), en el preciso momento que la conocí, cuando bajé la mirada los dos píes -medida inglesa- que existían de la marquesina del mostrador hacía su espalda, vestida con desdén por un vestido ligero, de verano, que dejaba ver poco más de lo que ocultaba y del cual saltaban, atrevidos, los tirantes de un sostén de color negro entre los que descansaba el largo incalculable de una coleta de cabello de apariencia sedosa y diversos tonos pardos, uniformes hasta la punta, que finalizaban a escasos veintitrés centímetros de un espectacular, redondo, firme y sobresaliente trasero. Con ese retrato, que aprecié en apenas las cuatro milésimas de segundo que dura un reojo humano promedio, decidí que al girar, los trescientos cincuenta y nueve grados entre el tablero y mi ubicación, me encontraría con una mujer que sin duda desearía poseer. Cual sería mi sorpresa al verla frente a frente y descubrir que su presencia, lejos de provocarme un simple deseo febril, me inspiraría terror, pues además de unos senos perfectamente redondeados, diametralmente pequeños, más bien medianos, con una profundidad distributiva que resultaba en unas copas perfectas, su rostro había sido angelicalmente dibujado, como sus largas piernas, bien torneadas, que se mostraban libres por debajo de una falda que cubría, por mucho, seis octavos de sus magníficos muslos, mientras reposaba inquieta desde una cintura proporcionada en -aproximadamente- un tercio de radio menor a la comparación en la misma medida de, por igual, pechos y caderas, que por si fuera poco, con un simple y cadencioso movimiento la colocó frente a frente conmigo, para que, aparentando casualidad, me dedicara tremenda sonrisa, muy leve pero incisiva, que al alinearse con una mirada directa igual de provocativa y un sutil –pero coordinado- jugueteo entre sus dedos y el fleco -que producía el efecto visual de cubrirle el rostro- me dejaría saber, sin decir una palabra, que los papeles habían cambiado; el objeto de deseo había dejado ya de ser ella, quien se transformaba en femme fatale, amenazando sin piedad a una presa sencilla que, aún cuando en el mejor de los casos saciaría sus deseos, perdería hasta la última gota –metafóricamente hablando, pues la métrica de las emociones, claramente, no es la misma de los líquidos o acaso de alguna conocida- de orgullo, de autoestima, de machismo disfrazado.
Con esa idea la observaba en el salón de espera, considerable distancia de por medio, sentado en la banca más lejana a los extremos de un conjunto de cinco sillas individuales que se encontraban unidas a la misma estructura, entre quince idénticas, alineadas en tres filas simétricas. Veía, pasivo, casi temblando (esto tal vez por la resaca, tal vez por el pánico) cómo ella caminaba por el área dispuesta a la vendimia, sin aparente sentido, formando un caótico zigzag coordinado entre los ángulos de los mostradores y el contrario vaivén de sus caderas, sin cesar el jugueteo entre los dedos y el cabello, fijando esporádicas miradas dirigidas a encontrarse directamente con las mías, como si se tratara de un reto, de una prueba diseñada con la intención de averiguar mi capacidad reproductiva o mis posibilidades de supervivencia evolutiva. Consideré, también, que el vacío sentimental provocado por la cruda que aún sopesaba mi sistema me privaba de la razón suficiente para interpretar un contacto que en otro momento sería menos que la asfixiante combinación de ardor y deseo que me invadía. Cualesquiera fueran las causas, una acción de mi parte era requerida inmediatamente y después de un par de miradas decidí responder con una débil sonrisa, más bien mueca, más bien esbozo, que sorprendentemente fue correspondido, implicando algo nada parecido a una victoria, sino dando lugar a una segunda jugada, un movimiento consecuente en la costumbre del flirteo, un siguiente paso que debería ser por igual táctico y espontáneo del cual, lamentablemente, yo no tenía la menor idea. A ese factor se sumó el aumento casi cardíaco de mis pulsaciones por minuto que ya rebasaban los ochenta latidos sobre sesenta segundos, aproximándose a cruzar el centenar que por minuto exige el diagnóstico médico de taquicardia. Mi cuerpo reaccionó a los estímulos aumentando la producción de sudor, como si entre las toxinas a secretar se encontrara la responsable de tan patética situación, como si la inseguridad pudiera eliminarse en un sauna individual. En esas estaba, casi paralizado, cuando la sonrisa -que había durado lo que tarda un ciclo respiratorio humano desde la inhalación a la exhalación y que en mi percepción fue, lo que incorrectamente llamamos, eterna- desaparecía cuando ella se distraía con el anuncio que el empleado encargado de las salida hacía, con un megáfono de aproximadamente diez watts, al entero de los pasajeros en la sala, en el que exponía que el autobús numerado cuatrocientos ochenta y seis, saldría, como era previsto, a las doce con cuarenta y cinco, desde el anden tercero -de entre quince disponibles- y que los pasajeros deberían encontrarse listos a abordar: boleto en mano e identificación con fotografía, en el caso de los estudiantes.
Volteé frenético; calcule la distancia entre mi ubicación y el anden, luego la de ella y el mismo punto. Fije la vista en mi reloj, tres minutos antes de la hora anunciada. Regresé a verla, empezaba a caminar hacia mí o más bien hacia el camión (yo me encontraba en un punto medio entre sus distancias). Reaccioné; había que correr, o más bien apresurar el paso con disimulo si quería llegar antes, y eso quería; necesitaba sentarme en mi lugar, respirar profundo y esperar -mientras trazaba mi táctica- que se sentara a mi lado, estar preparado, dispuesto a acceder a su juego, cumplir, aunque fuese por poco, los protocolos necesarios para ser presa de su deseo, para cumplir el mío a costa de sentirme menos, precio que, sin duda pagaría mil veces.
Con el aliento entrecortado llegué al asiento que apenas pude distinguir, olvidé el número, apenas reconocí el ícono de la parte superior con el que estaba impreso en mi boleto, la vi acercarse, me puse el cinturón del lado derecho o tal vez izquierdo, me lo quité, la vi subir al autobús, me fajé, me acomodé, me desacomodé, se acercó, no sabía a que distancia se encontraba, podían ser varios metros, podía ser uno, sudé, sudé mucho, no sé cuanto, sentía que me cambiaba el color, estaba muy cerca, traté de buscar su mirada, apenas encontré su sonrisa, era la misma, dirigida a mí, entre más cercana más efectiva, sentí la piel de gallina, percibí el dulce y fresco de su fragancia, miré sus ojos que descubrí grises, percibí su deseo, ella miró los míos diluidos en pasión y duda, percibió mi fragancia … se detuvo, mi olor era..
*
*
…había olvidado, el mismo de cualquier borracho, vamos, no cualquiera, de los peores; en los últimos veinte minutos había vomitado y sudado, estaba crudo, el baño de la mañana resultaba totalmente inútil y tan pronto lo captó cambió su actitud, de la pasión ya no quedaba nada y en menos de un segundo su ser era tan indiferente conmigo como el resto de los pasajeros.
Su nariz y la comisura derecha de su labio se acercaron instintivamente en una mueca de disgusto que fue lo último que le vi antes de que ocupara un lugar alejado a mí, que se suponía ocupado. El dueño de ese boleto jamás reclamó su lugar, me quedé dormido y no le volví a dirigir la mirada.
Cuando llegué a Tepoztlan me comí una nieve de tequila.

Acá el maxi
Acá el advance